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El camino hacia mi recuperación: Con el origami como herramienta terapéutica

 

Estuve en la guardia de alta complejidad del Changi General Hospital. Se convirtó en mi hogar durante 40 días. El lado izquierdo de mi cuerpo, que había sido mi costado dominante, había sufrido una parálisis como consecuencia de un derrame cerebral.

Buena parte del segundo día me la pasé mirando de reojo los paquetes de origami que me iban dejado amigos y familiares. Estaba aburrido, pero no tenía humor ni posibilidad física de plegar nada. Me atormentaban los pensamientos negativos mientras trataba de aceptar la pérdida de la movilidad de mi costado dominante. Me imaginaba lo que sería perder mi independencia y no poder continuar con las tareas diarias que más me importaban, como el origami, que había sido mi pasión durante 45 años.

Para quitarme de encima esa verdadera picadora de carne que es el aburrimiento, tomé una hoja de papel y comencé a jugar con él. El resultado fue medio extraño y por cierto desprolijo ya que todo lo hice con mi mano derecha (y yo no era diestro). Pero seguí, tomé otra hoja de papel, y otra. Mientras aumentaban los bollos de papel a mi alrededor, los pensamientos negativos retrocedían. No sé si fue algo casual pero el mensaje tácito que me llegaba del origami era bien claro: debía a toda costa frenar los pensamientos negativos. Tenía que dejar de sentir pena por mi mismo, volver a ser positivo y trabajar en la recuperación. No todo estaba perdido.

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Traté de plegar de memoria algunos modelos simples. Primero, plegué una mariposa de Yoshizawa, luego la tradicional pajarita voladora y el corazón que late de David Petty. Muy pronto me encontré plegando montones de mariposas de Michael LaFosse, seguido de los labios parlantes de Young Lee.

No pasó mucho tiempo hasta que los demás percibieron lo que estaba haciendo. Los enfermos que me acompañaban y sus visitas fueron los primeros en recibir mis modelos y de alguna manera me dio la sensación que yo comenzaba a recibir más atención que lo normal por parte de los profesionales, enfermeras, doctores y fisioterapeutas. Estaban felices de recibir los plegados, y de aprender sobre mi pasión por el origami. Me animaron a continuar. Me di cuenta que, tal como indica la evidencia científica, la actividad repetitiva y el movimiento estimulan el crecimiento de las sinapsis nerviosas y el desarrollo neuronal. Me indicaron que tratara de utilizar el brazo y la mano inmovilizados tanto como fuera posible, incluso para cosas simples como colocar la mano sobre la mesa, cerca de la otra mientras plegaba. Esta forma de involucrarse pasivamente sirve para estimular la actividad cerebral estableciendo una conectividad con el miembro afectado. Comencé por usar el brazo como un verdadero pisapapeles: lo tomaba con mi mano izquierda y lo dejaba caer donde hiciera falta.

Saber que mi recuperación podía depender sustancialmente de una actividad que tanto me gustaba me dio esperanzas, y desde luego, un objetivo claro. Me puse en la cabeza hacer todo lo que fuera necesario para llegar a plegar el papel como antes, y para recuperar mis facultades físicas. Iba a las sesiones de fisioterapia con entusiasmo y practicaba los ejercicios mientras estaba en cama. Plegué y entregué tantas mariposas que pronto se convirtieron en un símbolo de mis deseos de liberarme de los efectos restrictivos del derrame cerebral.

Algunos pacientes se contagiaron de mi entusiasmo. Pese a sus limitaciones físicas, competíamos amistosamente durante los ejercicios de fisioterapia. Este entusiasmo y la actitud positiva no pasaron desapercibidos por el personal del hospital. De eso me enteraría varios meses más tarde, en forma totalmente inesperada.

Cuando me dieron el alta en el hospital, todavía estaba en silla de ruedas. Me enviaron a un centro de rehabilitación de otro hospital (el St. Andrew’s Community Hospital, o SACH) para continuar la fisioterapia como paciente ambulatorio. Mi brazo izquierdo seguía tan fofo como un fideo mojado y daba lo mismo que tuviese dedos o pedazos de madera colgando de ese brazo.

Las primeras semanas de fisioterapia en el SACH no ofrecieron demasiadas novedades. Una parte importante del músculo afectado estaba inutilizado. Mi brazo izquierdo sobresalía del hombro por efectos de una subluxación, y el omóplato también estaba desplazado. La fisioterapia se centró en la estimulación de la conectividad entre el cerebro y las partes afectadas para fortalecer los grupos musculares y así poder mejorar el estado físico general. También realizaba ejercicios físicos en casa a pedido del fisioterapeuta. Y también continué realizando plegados de papel.

Los fisioterapeutas estaban al tanto de mi afición por el origami. Yo representaba un modelo a seguir para otros pacientes. Muchos de ellos estaban desanimados, inhibidos y desilusionados con la vida y habían descartado la posibilidad de recuperarse. Me pidieron que hablara con ellos, que los alentara y sirviera de ejemplo de los efectos positivos aplicados a la fisioterapia supervisada. Unos meses más tarde, me pidieron que enseñara a algunos terapeutas y pacientes cómo se hace una mariposa en origami, ya que querían usarlas para adornar las puertas en el Día Mundial del Fisioterapeuta. Terminé plegando casi todas las mariposas y además hice un segundo lote para el Changi General Hospital (CGH) en el que había estado anteriormente.

Un año después de mi alta del CGH tuve la sorpresa de enterarme que me habían elegido como el Paciente Más Inspirador del Año en dicho hospital. El Ministerio de Salud de Singapur me otorgó un reconocimiento con nombre extraño: Public Service Star Customer Award (algo así como Reconocimiento al Cliente Estelar por su Servicio Público). El premio me lo concedió el Primer Ministro de Singapur. Esto no hubiese ocurrido si no hubiese sido por el origami y el deseo que despertó en mi de recuperarme.

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Varios meses después, pude dejar la silla de ruedas. Un año y pico más tarde ya no tenía necesidad de usar el bastón. Mi brazo izquierdo está fuerte y he logrado su control como para elevarlo 30 grados, y cada día mejora un poco más.

Si bien no tengo dudas de que el origami ayudó, estoy convencido que la fisioterapia supervisada cumplió un papel indispensable en la recuperación.

 

El alcance de la recuperación, es, de lejos, producto de la fisioterapia supervisada. Sin embargo, desde los primeros días de mi hospitalización, el origami me dio esperanzas de que podía recuperarme. Me dio una meta, un enfoque, me mantuvo mentalmente activo, y ayudó en la estimulación de las conexiones cerebrales.

 

La recuperación después de un derrame cerebral es complicada, lenta, y resulta un proceso gradual con muchos altibajos, por lo que hay que confiar en personal entrenado. Entre muchos otros contratiempos, el músculo inutilizado tiende a contraerse y perder elasticidad. Durante el proceso de recuperación, se estimula la conectividad entre los músculos individuales y las partes del cerebro que deben ser reentrenadas para retomar el retomar el control. Hay que asegurarse de realizar los ejercicios correctos mientras se va aumentando la resistencia a intervalos adecuados para forzar la recuperación. Por ejemplo, si uno realiza ejercicios inadecuados o utiliza resistores más pesados que lo recomendado para la etapa en la cual se está, se pueden producir roturas de ligamentos o pinzamientos nerviosos y eso retardará la recuperación.

Una de mis preocupaciones era saber hasta qué punto el derrame había comprometido mi capacidad cognitiva. Por suerte, no hubo efectos adversos en este sentido. Sin embargo, yo sentía que mi capacidad de concentración estaba algo deteriorada. Después de un rato mi mente comenzaba a divagar. Decidí ocuparme de este problema mediante la creación de nuevos modelos de origami. El problema era que no podía hacer demasiado con una sola mano. Tenía que hacer algo sencillo y no demasiado original. Comencé por experimentar con diferentes elementos a partir de las mariposas de Michael LaFosse. A partir de ahi me di cuenta que podía usar esas ideas para modificar las mariposas de Akira Yoshizawa, añadiéndole algunas innovaciones concebidas por mi. En poco tiempo, tenía cerca de cincuenta mariposas, cada una de ellas con alas diseñadas de manera diferente.

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Mi siguiente proyecto fue un poco más ambicioso. Quise diseñar algo totalmente novedoso. Y que fuera bastante complejo. Decidí hacer un tigre. No me preocupaba que todavía no pudiese plegar del todo bien, lo que tenía que hacer era visualizar en mi mente el proceso de plegado, y realizar diagramas en base a dicha secuencia. Después, debía convencer a alguno de mis amigos origamistas para que testeara los diagramas y confirmara que los pasos a seguir eran claros para realizar el tigre. La primera parte, la visualización, requería una gran concentración de mi parte. La segunda parte requería de alguien corajudo que quisiera tomar el desafío.

Sólo dos, Nicolas Terry y Gilad Aharoni, de los diez que recibieron los diagramas, lograron un modelo parecido a un tigre. Se detectaron ciertos errores, algo totalmente esperado, e hizo falta un poco de improvisación. Alentado, decidí diseñar un conejo de la misma manera, que fue plegado por Nicolas.

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A medida que mi recuperación avanzaba, utilicé el origami como medio para desarrollar mejor la coordinación con los músculos finos de mi antebrazo izquierdo y los dedos. Este es probablemente el aspecto más complejo de la recuperación y continúa siendo una tarea permanente. A medida que el brazo se hacía cada vez más fuerte y controlable, trataba de usarlo para sostener porciones del papel mientras lo plegaba con la otra mano. Esta acción ayudó a fortalecer los músculos de la parte superior del brazo y hombro, y ayudó en el control del brazo, especialmente el antebrazo. Al mejorar el control, lograba colocar mi mano como para que sostuviera porciones más pequeñas de papel, durante el plegado. Esto fue de ayuda para los músculos rotores, que rotan la mano y la muñeca, a medida que mejoraba su respuesta.

Comencé a usar la mano izquierda, y lo hacía tanto como podía, involucrándola en el proceso de plegado, a veces sin demasiado éxito. Logré plegar botones de rosa Kawasaki, que requería colocar el papel casi armado en el hueco de la palma de la mano, para completar la curvatura de los pétalos con la mano derecha. Si sostenía la rosa demasiado fuerte, se estropeaba. Si la sostenía sin fuerza, se deshacía mientras trataba de curvar los pétalos. Había que sostenerla con la presión y fuerza justas.

No pude creer cuando lo logré, de modo que plegué rosas para todo el mundo en el centro de rehabilitación y aún más para repartir.

Todavía me resulta difícil juntar el pulgar y el índice para hacerlos trabajar juntos, como cuando uno agarra algo pequeño. Ambos no pueden juntarse sin ayuda. Estoy trabajando este problema con origami modular. Una vez hechos los módulos, coloco uno entre mi pulgar e índice de la mano izquierda, y lo ubico en la posición correcta con mi mano derecha. Luego tomo un módulo con mi mano derecha, junto ambas manos, e inserto las aletas de uno en la ranura del otro. Es un proceso lento y tedioso. De este modo armé un modular de Tomoko Fuse de seis piezas. Luego hice un modular de Fuse, de 48 piezas, que me llevó cuatro días de esfuerzo, dolores de hombro, nervios, clips para agarrar el papel y (shhh)… goma. Aún así, el esfuerzo valió la pena como ejercicio para estimular la mente y el control físico.

Más allá de los contratiempos derivados de mi mano izquierda, puedo llevar una vida casi como la que tenía antes del derrame. Si bien fue una experiencia traumática, me dio una nueva dimensión para usar el origami en la vida. Con esto pude conectarme con otras persona que atraviesan situaciones similares, y les trasmití alegría de vivir y, aún más importante, esperanzas.

(Traducción Laura Rozenberg)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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